Es por la tarde y el sol comienza a caer. El agua del mar refleja los últimos rayos de luz y se aproxima con fiereza. Se va comiendo la arena y se lleva con cada embestida pequeños trozos de recuerdos que se han quedado plasmados en la tierra. El camino a casa se hace largo por el viento que azota la cara. A pesar de ser finales de junio el frío aún cala a través de la ropa y se empeña en contradecir al incipiente verano.

Introduce la llave en la puerta y al abrirla siente una extraña sensación. Todo está oscuro, no hay ningún ruido. Se para un segundo para escuchar más atentamente y comprobar si debe tener cuidado por si ella está dormida. Sigue hacia adelante recorriendo el pequeño pasillo. Se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero. Se deshace de los zapatos. Pasa a la habitación y se quita la ropa que echa sobre una butaca de color magenta. Se queda en bragas y camiseta. Se acerca al salón de nuevo caminando por el último tramo del corredor. Entra y vislumbra a través de las sombras los pies de ella que asoman por el extremo del sofá.  Se estiran y encogen escondiéndose de nuevo. No dice nada. Se aproxima por detrás, el respaldo aún no le deja ver el cuerpo que queda sumergido en el hueco del sofá. Gira por un lado y la ve tumbada, abandonada al placer de sus manos. La mira, la observa en silencio. No está segura de si se ha percatado de su presencia. Está semi vestida. Lleva una camiseta rosa de algodón que utiliza para dormir y una braguitas azules con lunares que enmarcan la cadera con un lazo al costado. Ve como introduce la mano por entre la ropa interior y pasa sus dedos abriéndose paso entre los labios. Gime levemente. Siente su respiración un poco acelerada. Con la otra mano acaricia muy sutilmente uno de sus pechos. No lleva sujetador, lo que hace que caigan sobre su tronco y reposen en toda su plenitud. Estira las piernas posándolas en el reposabrazos del sofá. Apoya los pies elevando las rodillas y aumentando el hueco entre sus piernas para dejar un espacio más amplio a sus manos.

Termina de girar alrededor del sofá y decide sentarse en el sillón que queda justo en frente de éste. Es una perspectiva fantástica de la escena que tiene ante sus ojos. Se sienta y se deja resbalar acomodándose. La excitación comienza a recorrer su cuerpo. Siente como los fluidos empiezan a emerger de ella. Su culotte de encaje negro retiene su excitación. Se va mojando cada vez más. Le apetece tocarse y acompañar a su compañera desde esa breve distancia, pero se contiene. Siente cierta satisfacción en mantener su ardor y alargarlo hasta que no pueda más. Está concentrada en los sonidos, quejidos y gemidos que provienen del sofá. La mira con atención. Se detiene en cada gesto. Recorre con su mirada la silueta convertida en puro deseo en ese momento. El vientre se le abulta con la respiración. La cintura se agita con el movimiento que se acompasa con el de las manos. Las piernas se abren y se cierran. Eleva la barbilla para dejar caer la cabeza hacia atrás cuando el placer se intensifica. En ese momento gira la cabeza. Sonríe mirando a su observadora  que sigue sentada en el sillón. Abandona su onanismo y se levanta. Se acerca despacio. Se sienta sobre ella frente a frente. Se besan apasionadamente, ferozmente. Las lenguas se buscan y se entrelazan hablando un idioma que solo el cuerpo entiende. Se agitan el pelo metiendo las manos entre los mechones. Se acarician la cara. Dejan deslizar las manos por el cuello, por los pechos, hasta detenerse en los muslos. Palpan la excitación de la otra. La lubricación cala por completo sus manos. La saliva les sabe a sexo. Los cuerpos les huelen a pasión. Se abrazan con ternura.

Se deshace de los abrazos que la retiene y se pone en pie para arrodillarse. Las bragas de encaje han perdido la compostura. Se las quita con sutileza y las deja caer al suelo. Le abre las piernas que apoya en cada uno de los brazos del sillón y sin previo aviso introduce su cabeza entre sus piernas. Siente como su lengua recorre la sonrisa que se le abre. La recibe húmeda. La punta de la lengua se detiene en el centro del placer que está abultado y sobresaliente. Lame los labios. Mordisquea los muslos y ella expulsa un gemido súbito.  La hace levantarse para quitarle la ropa que le queda puesta. La camiseta se quita con facilidad. Ella también la invita a desnudarse. Las bragas de lunares están un poco descosidas, con hilos colgando. Introduce un dedo en un pequeño agujerito que encuentra junto a la goma y comienza a tirar de él. Las costuras ceden. La tela se va rasgando para dejar ver un sexo poblado e hinchado, resplandeciente. Las rompe de un tirón y las deja caer como una hoja que se desprende de su rama. Se ponen frente a frente. Acarician sus hombros, sus pechos, sus vulvas. Se apoyan en una pared para besarse con frenesí. Van deslizándose por las paredes del salón hasta alcanzar el hueco de la ventana. Ésta tiene una pequeña repisa en la que se apoyan. Ya desnudas frente a frente eleva a la mirona y la coloca en el alféizar interior de la ventana. Las cortinas están corridas. El cuerpo se le pega en el cristal. Abre las piernas invitando a su amante a restregarse con su propio cuerpo. El sudor dulce resbala por sus espaldas. Las embestidas comienzan a ser tan intensas que no puede evitar arañar la espalda de su acompañante de juegos. Coge sus senos y se los mete en la boca. Succiona los pezones y los aprieta entre sus manos. Dibuja con su lengua palabras inconexas y sopla para provocarle un escalofrío.

Ven luces que iluminan de vez en cuando la ventana, pero nadie puede verlas porque están asomadas a un patio en el que solo las gaviotas prestan atención a sus movimientos. Deciden cambiarse y trasladarse a la habitación. No, la cama no es el escenario principal esta noche. De nuevo a la ventana. Apartan el sillón magenta y se aprietan junto al cristal. Un aparcamiento y las ventanas con luces encendidas son los testigos de sus aventuras. Ven aproximarse a un señor que busca un contendor en la oscuridad. Se quedan paradas, como si el hombre pudiera oírlas y sus gemidos atraer su mirada. Pero no, nadie puede oírlas. Aun así, sienten el morbo de que tal vez alguien desde la oscuridad de su cristal pueda estar observándolas.

De nuevo utilizan sus cuerpos para frotarse, para sentir la tensión de sus músculos, para saborearse. Las manos piden permiso para apretar la carne. Para bajar hasta abrir los labios y tocar el punto de inflexión. Ambas tienen el clítoris hinchado, palpitante. Ya no pueden más. El final se aproxima y no lo pueden frenar. Se dejan caer sobre la manta negra de la cama y se recorren con los labios el cuerpo entero. No pueden contener los gritos de placer, los suspiros de desesperación por alcanzar el clímax deseado. Los dedos juguetean. Traviesos se esconden dentro de ellas haciéndolas chillar. Van girando sobre sí mismas hasta colocarse una sobre otra con la cabeza encajada en el centro de sus andares. Se abren, se extienden, se relajan la una para la otra y entonces se sumergen. Como un lanzamiento perfecto hacia una piscina llena deseo bajan sus cabezas dejando que sus lenguas hagan el resto. Ahogan sus gemidos contra los labios de la vagina de la otra. No pueden gritar, solo dirigir sus respiraciones acompasadas y agitadas hacia la entrada y salida del gozo más carnal. Una de ellas no puede más y se desvanece en la boca de su compañera. Estira las piernas y se deja recorrer por el orgasmo que palpita dentro de ella y la hace agitarse. La otra entonces se destensa y se deja hacer con la satisfacción aún impregnando su boca. Sigue adelante la lengua, los dedos y el cuerpo que se introducen como un tsunami en el cuerpo aún palpitante de la fisgona. Vierte en ella toda la pasión que le ha dejado el dulce clímax. Se retuerce y se aprieta contra la cara de su amante dejándose vencer por el placer que la invade como invade el agua del mar la arena de la playa.

Encuentros corporales

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