Me arrastro hasta la cama con los pies salpicados de vómito. Me derrumbo sobre ella. No estoy dispuesto a entrar en esta espiral autodestructiva. No llevo una vida modelo. Pero está bajo control. Una mujer oriental. Bastante entrada en kilos. Trabo conversación con ella a raíz del libro que está a punto de comprar. Nos tomamos un café al lado de la librería. No vive demasiado lejos de allí. Me encantan sus lorzas y sus muslos gruesos. Tiene la piel extremadamente blanca. No echamos un polvo de calentón. Nos lo tomamos con calma. Otro café. Todo fluye despacio. Muy despacio. Continuamos charlando de literatura según nos quitamos la ropa mutuamente. Estamos desnudos y aún no nos hemos siquiera besado. Ensalivo mis dedos y la masturbo. Una leve convulsión me indica que se está corriendo en el preciso momento en que me comenta que “Escoria” es, con diferencia, lo mejor que ha escrito Irving Welsh. Me lleva a la cama. Se recuesta en un montón de cojines. Se acaricia los pezones y me dice que le encanta meterse unas bolas chinas en el culo después de tener un orgasmo. Saca unas del baúl revestido de piel de leopardo que tiene al pie de la cama. Disfruto cómo se dilata su culo cada vez que le entra una nueva bola. Me arrodillo detrás de ella y me corro generosamente en su culo grande y gordo. No se inmuta. Mete la última bola y se queda prácticamente en trance. Le lamo la planta de los pies. También uno a uno sus dedos. Al sacarse las bolas gime por primera vez. Se tumba boca arriba. Aprovecho para pasar mi polla ya un poco flácida por sus tetas pequeñas. Me recuesto a su lado. Me doy cuenta por primera vez que en el techo hay una foto enorme de Eva besándose con una chica rapada al cero. Desnudas. En la misma cama en la que estamos ahora. La chica de la fotografía es su hermanastra. Veinte años más joven que ella. Fotografiadas por su padre común. Vivió en Tailandia durante muchos años. Se relacionó con numerosos “ladyboys” o “katoeys”. Exploró la sexualidad como nunca lo había hecho hasta entonces. Pollas, culos, tetas verdaderas, tetas operadas, coños naturales, coños de vaginoplastias. Lo probó todo. Y todo le gustó. Mis experiencias con travestis la dejan indiferente.  Simples felaciones en el coche mientras magreo sus enormes tetas siliconadas. En cambio le llaman la atención los tres días que pasé sin salir de la casa de una pareja de gays. Les conocí en un chat homo. Empiezo a contarle la historia.  Esnifa una raya de coca. No me ofrece. Se lía a continuación un porro de marihuana. Le da una calada profunda y me lo pasa. Cuando se lo devuelvo, se inclina sobre mí y me da dos lametazos en la cara, uno en cada lado, recorriéndola de arriba abajo. Lleva la lengua hasta mi verga.  Se la mete en el coño y contrae las caderas de modo que no casi moverme. Me encanta ver su tripa sobre mí. Sigue fumándose el porro parsimoniosamente. A pesar de reconocerles que nunca había estado con ningún tío, más allá de esos escarceos con travestidos, me dijeron que fuera a tomarme una copa de vino con ellos. Antes de acabarla, ya estaba desnudo entre ellos, con una polla en cada mano, en su sofá isabelino tapizado en morado. No volví a ponerme nada de ropa en los días que estuve en su casa. A base de “popper” pudieron estrenar mi culo virgen. Con dolor. Y con mucho placer también. Me amamantaron todo lo que quise y aún más. Una experiencia demasiada intensa. No he vuelto a tener relaciones homosexuales desde entonces. Eva mueve brutalmente sus caderas una sola vez sin destensar ni un ápice los músculos de su vagina. Me libera de su yugo en su segunda sacudida. No me hace falta más para correrme. Aún con mi polla dentro de ella, me susurra al oído que es hora de volver a abrirme el culo. Me da la vuelta y me ata con fuerza al cabecero de la cama con un pañuelo. Me muestra un ejército de vibradores y consoladores. Trabaja mi culo deliciosamente. Pierdo la noción del tiempo. Lubricante. Saliva. Flujo. Herramientas de distintas formas y tamaños. Hasta que es capaz de penetrarme con el consolador de su arnés. Se desploma en la cama después de correrse a su manera mientras me folla. Un profundo suspiro seguido de una única convulsión.  Me desato como buenamente puedo. Tengo que coger un vuelo a Méjico dentro de cinco horas. Sus piernas abiertas me recuerdan que no le he chupado aún el coño. Lo recorro con mi lengua antes de marcharme de allí.

Me está esperando en la terminal a mi vuelta. No le pregunto cómo ha conseguido saber que me había ido, a dónde o cuándo volvía. Porque me alegro de verla. Me he masturbado todos los días recordando la tarde que pasamos juntos. Salvo dos noches que mis clientes me llevaron de putas. Vamos a cenar directamente del aeropuerto a un japonés. La conocen. Nos sientan en una especie de reservado. Lleva el libro que compró el día que nos conocimos. Le reconozco que me no gustó absolutamente nada. Aunque le dijera lo contrario para hablar con ella en la librería. “Lanzarote”, de Michel Houellebecq. Me pide que me descalce y ponga el pie en su entrepierna. Está claro que no es la primera vez que lo hace. De inmediato mi dedo gordo está metido en su coño. La camarera no sorprende al ver lo que estamos haciendo. Se despide de ella con un beso en los labios. Estoy derrengado. Me dejo caer en la cama. Eva está ya tumbada. Bebe a morro de la botella de sake que nos hemos traído del japonés. La levanta y deja que le caiga a chorro en la boca. Le empieza a escurrir por la barbilla. Por el cuello. Termina echándose la botella entera por el cuerpo. Se da incluso la vuelta para acabar de vaciarla en su culo. Estira los brazos y se agarra al cabecero. Lamo y chupo cada rincón de su cuerpo orondo. Tetas. Axilas. Cara. Coño. Brazos. Piernas. Me regodeo sorbiendo en sus mollas. El sake y el agotamiento del viaje me están haciendo perder totalmente la clarividencia. El gemido de Eva al mordisquearle sus cachetes es el detonante para que pierda el control definitivamente. A partir de entonces se desencadena la tormenta. Tortas. Mordiscos. Golpes. Azotes. No sé quién saca los consoladores y vibradores del cajón de la mesa de noche. Los chupamos. Nos los metemos y sacamos del culo, boca y coño. Un chorro de placer brutal me empapa la cara mientras le devoro el coño y le pellizco las tetas con todas mis fuerzas. Me corro con sus uñas clavadas en mis huevos y mi polla metida hasta su garganta. Me miro al espejo después de la vorágine de esta pasada noche. Estoy lleno de cardenales y arañazos. Las ojeras me cuelgan sobre las mejillas. Una de ellas con una hinchazón considerable.

Eva está metiéndose una raya mientras hace pis a mi lado. Su aspecto es peor que el mío. Hasta le arranqué un mechón de pelo. Se masajea la nariz con el pulgar. Le pido que se levante para mear yo. Se echa para atrás en el váter y me reta con la mirada. Me meo en sus tetas y en su tripa. Se carcajea. Vomita en el suelo. Me arrastro hasta la cama con los pies salpicados de vómito. Me derrumbo en ella. No estoy dispuesto a entrar en esta espiral autodestructiva. No llevo una vida modelo. Pero está bajo control. Prácticamente no quepo en el ataúd. He engordado más de 30 kilos en estos últimos cinco años. La barriga me cuelga de forma infame. Aunque ahora no volverá a colgar nunca más. Tengo retraída la nariz al haberme desaparecido casi por completo el tabique nasal. Disfunción eréctil. Aunque después de morir tuve una empalmada de muerte. En el hospital me dejaron en posición vertical durante horas. Cirrosis. SIDA. Dudo que Eva haya venido a mi entierro. Pero si está presente espero que lleve las bolas chinas metidas en el culo. Y “Lanzarote” en su mochila.

 

 

Escrito por Helen Ramírez

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