Aún he tenido tiempo de oír el grito horrorizado de una mujer. También he recibido a modo de destello la imagen del manchón de sangre que ha quedado en la acera. Acabo de tirarme desde un piso veintitrés. Las primeras llamadas me llevan a muchos años atrás. A pesar de mis experiencias frustrantes de juventud, me he decidido a probarlo de nuevo. Frialdad. Sordidez. Falsas promesas. Hasta que escucho una voz cálida al otro lado. El único servicio que ofrece, “masaje relajante con relax manual”, no eleva demasiado mi espíritu ni mi libido. Pero no me siento con fuerzas de buscar otras opciones. Estoy desmadejado. Desesperado. Necesitado. De sexo, de cariño, no lo sé. Me abre la puerta con un sencillo vestido blanco hasta las rodillas que contrasta con mi camisa y pantalón negros. Sonriente, aunque con aspecto cansado. Soy el último cliente del día y de la semana. Los fines de semana no trabaja. Pasamos a una habitación con una camilla y un amplio sofá con formas insinuantes. Me pide que la espere desnudo. Vuelve al instante con una minúscula bata de enfermera. Abotonada de forma que tanto sus pechos como su coño estén perfectamente a la vista. Me tumbo boca abajo. Masajea ligeramente mi espalda. Desplaza rápidamente sus manos a mis cachetes. Pasea sus dedos entre ellos para decirme, entre risas, que tengo el culo muy cerrado. Al darme la vuelta su bata está completamente abierta. Estoy completamente empalmado. Antes de colocarse detrás de mi cabeza, me susurra al oído que está convencida de que me encantaría poder comerme mi propia polla. Manosea mi pecho. Acaricio sus tetas. Debe notar envidiosa mi boca porque se inclina ligeramente sobre mí. A pesar de que logro a duras penas que mi lengua roce sus pezones, ahora apuntan al cielo incluso más que antes. Pero yo quiero descender a los infiernos. Me incorporo. “Vamos a cambiar los roles”, le digo, tumbándola sin oposición alguna. Hago que apoye sus pies sobre la camilla y abra las piernas. Recorro su coño con la punta de lengua de abajo a arriba. Muy despacio. Ronronea. Me detengo en su clítoris. Ensalivo mi dedo índice mientras me mira mordiéndose el labio. Levanto su pelvis y se lo meto en el culo. Como cuchillo en mantequilla derretida. Me como su coño como si fuera lo último que fuera hacer en esta vida. No sé si tiene un orgasmo eterno o corridas múltiples. No me importa. La bajo de la camilla y la llevo sobre el sofá. Ya sabe que quiero hacerle. Separa al máximo sus nalgas con las manos. Sumerjo mi lengua, mi boca, mi cara en ellas. Mis dedos, no sé cuántos, se deslizan dentro de  su coño. Gime. Grita. No sé si se ha vuelto a correr. No me importa. Se sienta en el sofá. Basta un único lametón suyo para que comiencen a caer gotas de semen sobre mi glande. Una, dos. Pasa su lengua por ellas. Me da la impresión de estar en una película porno. Espera hasta que cae la tercera para meterse la polla en la boca. Exploto de inmediato. Sin terminar de correrme, la incorporo y me apodero de su boca. Nos besamos. Nos mordemos. La penetro por primera vez prácticamente sin darme cuenta. No sé si vuelvo a correrme. O si ella lo hace. No me importa. Me despierto en plena noche junto a ella. Hago ademán de buscar mi ropa pero me recuerda que al día siguiente no trabaja. Nos despierta el timbre. Su amigo Francis desayuna en su casa todos los sábados que les es posible coincidir. Una costumbre como otra cualquiera. No puede ocultar su sorpresa al verme allí. Se guarda mucho de preguntar si soy un cliente aunque esté deseando hacerlo. Mónica y yo intentamos controlarnos, pero se nos van las manos, la lengua, mientras sacamos las cosas para el desayuno. Cuando voy hasta la mesa no puedo evitar darme cuenta de la sonrisa de Francis fijándose en mi entrepierna. Me río yo también. Mónica se acerca a mí curiosa.

Dioses y demonios

 

Cuando se da cuenta de lo que ocurre, mete su mano en mis bóxers y me dice que si quiero que me la chupe él, mientras mira fijamente a Francis. Si fuese al contrario, ni se me pasaría por la cabeza. Sin contestar a la pregunta, llego hasta él con Mónica pegada a mí. Siento la aspereza de su barba cuando Mónica le golpea la cara con mi polla. Por lo demás, Francis es también capaz de acercarme al paraíso con su mamada. ”Quiero que te lo folles”. Mónica prácticamente le arranca la ropa. Haciendo de maestra de ceremonias, lubrica mi polla y su culo. Le penetro apoyado contra la mesa. Mónica no deja que me mueva lo más mínimo. Apoyada contra mí. Sus piernas completamente abiertas. Empapada. Mordiéndome el cuello. Lamiéndolo. Retorciéndose de placer contra mí. Siento su flujo esparciéndose sobre mi culo. Quiero follarme a Francis salvajemente. Mónica se da cuenta. “Todavía no”. Me clava sus uñas para impedir que mueva las caderas. Francis está masturbándose. Cuando Mónica está a punto de llegar al orgasmo, entonces me libera. Nos corremos los tres prácticamente al unísono. Caemos derrengados en las sillas. Empapados en sudor y fluidos. Como la mesa  y el suelo. Necesito tumbarme. Prácticamente me arrastro hasta un sofá verde chillón que está junto a un gran  ventanal. Me despierto solo. Una nota me indica dónde están comiendo Mónica y Francis. He traicionado todos mis principios. Quería bajar a los infiernos y lo he conseguido. Sexo a cambio de dinero. Prácticas homosexuales. Relaciones múltiples. Solo el mero hecho de haber tenido sexo me condena sin remisión. El ventanal me muestra la espantosa distancia a la calle. No me había vuelto a acordar que el apartamento estaba en un piso veintitantos. Encuentro mi ropa junto a la camilla. Busco el alzacuellos en los bolsillos. Aquí está. ¿Soy digno de ponérmelo? Si me lanzase al vacío con él puesto, cometería aún un pecado mortal más. Decido guardarlo de nuevo. Vuelvo a mirar a la calle. Ya estoy condenado por siempre jamás. Yo nunca haría la estupidez qué ayer cometió mi alumno aventajado en tantas y tantas materias.

 

Un relato de Enrique Barrera

 

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